jueves, 9 de mayo de 2013

El sótano del primo Barto: La inocencia de la más pura de las maldades


El llamado torture porn es una tendencia dentro del género de terror, muy viva sobre todo en el audiovisual, consistente básicamente en la muestra explícita de la mayor de las violencias. Este movimiento es del todo lógico en nuestra sociedad visual, donde no sólo todo tiende a mostrarse con imágenes, sino que dichas imágenes tienden siempre hacia su máximo exponente, vaciándose de significado pues el grado máximo simplemente es, no aceptando variaciones o acotaciones. De este modo, la pornografía no deja de ser sexo explícito mientras que el fx porn es un abuso de los efectos especiales, la fascinación de la recreación de lo irreal; y el torture porn se empeña en mostrarnos la ingeniería biológica humana, sin preocuparse por el sufrimiento o la agonía, llegando incluso a alimentarla como un aderezo más del mal. De este modo, se podría decir que el torture porn, que alcanza su máxima cota con el snuff, no es malvado por sus actos en sí, sino por la total carencia de empatía o piedad. La pulsión estópica deja fuera la humanidad.

Así que el torture porn, la máxima violencia física, no nos hace malvados, no nos añade una etiqueta más, simplemente nos vacía, nos insensibiliza y nos convierte en autómatas. Lo que demuestra que si realmente queremos debatir o teorizar sobre el mal, la violencia no nos servirá, ya que simplemente anulará a las mentes pensantes. Así que podemos utilizar los medios más inocuos, como por ejemplo un dibujo infantil y carituresco, para tratar los temas más hondos y oscuros del ser humano. Esto queda perfectamente demostrado con la obra Frank de Jim Woodring, una creación que ha habitado diversos medios gráficos pero que por suerte ahora se encuentra editada en cuatro tomos, los cuales recogen toda la sabiduría de su autor. Ahora sólo nos centraremos en el primer tomo, que de forma homónima se titula Frank. Este volumen es ante todo difícil de clasificar, pues mezcla algunas historias cortas, su principal ingrediente, con otros añadidos, desde escritura automática hasta una colección de cromos, pero afortunadamente todo gira sobre el mismo concepto, la génesis de la maldad.

Lo primero que nos puede llamar la atención de Frank es sin duda el dibujo de Jim Woodring, que se vale de un estilo tan clásico como infantil, con pequeños virajes que van desde el cartoon más vintage hasta otros registros que recuerdan a los grabados medievales o al arte modernista, todo sin abandonar un éter naïf y aparentemente inofensivo. Pero al igual que hacen otros autores, como Dave Cooper, el aspecto más inocente puede esconder la más desagradable de las sorpresas. Frank, el protagonista que da título a la obra, es una especie de animal antropomórfico que habita el unifáctor, un mundo onírico y atemporal donde se cruza con diversos seres que van desde Manhog, el marrano hombre; hasta Whim, un demonio conocido como el antojo; o Pupshaw y Pushpaw, dos pequeñas criaturas mezcla de perro y tostadora. Estas extrañas criaturas, y algunas más, se entrecruzan en una serie de historias cortas donde Jim Woodring parece trabajar un humor muy blanco, algunas veces cercano al slapstick propio de las películas de Chaplin o Laurel y Hardy, donde los personajes, muchas veces tras un equívoco, terminan como el rosario de la aurora.

Sin embargo, estos pequeños personajes no son precisamente inocentes, y tras una muy superficial capa de humor encontramos un fondo de maldad que se origina de la forma más realista, cobrando gran importancia en Frank conceptos como la identidad, la moralidad o la venganza. Es curioso como Jim Woodring sabe comenzar una historia como un pequeño juego inocente, que tras varios equívocos deviene en una escalada violenta malsana. Podemos dedicar un especial interés al triangulo formado por Frank, Manhog y Whim, que si bien funcionarían como el héroe, el tonto y el malvado; realmente esconden una estructura más complicada en la que cada uno tiene una historia anterior al propio cómic que le impide encontrar la paz consigo mismo y con los demás. Frank es prácticamente una obra de obligada lectura, pues es capaz de articular un discurso complejo y lleno de matices sobre una presentación simple y accesible, una obra de filosofía protagonizada por un cartoon que silba mientras pasea a su extraña mascota.


@bartofg

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